viernes, 27 de febrero de 2015

Red Army (Gabe Polsky, 2014)


Un ejercicio de manipulación

by Daniel Reigosa


 
Resulta interesante analizar el prestigio y popularidad del que goza cierto tipo de cine documental, ese que juguetea con los códigos del cine de ficción y que se presenta con una asombrosa diversidad de formas que revitalizan y dinamizan constantemente el género. Esta nueva forma de hacer documentales, que se podría englobar bajo la ambigua e incómoda etiqueta de cine de no-ficción, se encuentra cada vez más asentado en las carteleras de todo el mundo. Si en los últimos tiempos Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul, 2012), The Act of Killing (J. Oppenheimer, C. Cynn, 2012) y A 20 pasos de la fama (Twenty Feet from Stardom, Morgan Neville, 2013), por poner los ejemplos más ilustrativos, gozaron de cierto reconocimiento unánime de crítica y público, este parece ser, de momento, el año de Red Army.
El documental dirigido por Gabe Polsky y producido por, entre otros, Werner Herzog relata la intrahistoria del equipo nacional soviético de hockey sobre hielo (vinculado en su día al ejército) que se dio a conocer al mundo con el sobrenombre de “Red Army”, estableciendo una analogía con la denominación oficial de las fuerzas armadas organizadas por los bolcheviques durante la Guerra Civil Rusa en 1918. El juego desplegado por este equipo les llevó a ser reconocidos como el mejor equipo del mundo en dicho deporte y a ser utilizados por el gobierno de la URSS para demostrar la supremacía del modelo político y social soviético en tiempos de la Guerra Fría. Una alegoría del idealismo comunista frente al desalmado sistema capitalista bandera de los americanos. 
Resulta sencillo caer en la tentación de la rápida asociación de ideas: Guerra fría- hielo-hockey o equipo-unidad-modelo comunista ruso como catalizador de todas los planteamientos desplegados en el documental pero, a pesar de que subyacen en el filme, el director se esfuerza en centrarlo en el terreno de la manipulación. De cómo unos jugadores pasaron a ser referentes y héroes de una nación, a convertirse en traidores en el momento en que la NHL (la liga americana de hockey sobre hielo, la más importante del mundo) llamó a sus puertas. Rusia (en aquellos momentos la URSS) veía como perdía una guerra ideológica que le desbordaba a todos los niveles.
En esta primera línea de análisis el documental funciona de manera convincente y ágil, pero el problema viene cuando intenta dar un paso al frente al profundizar y establecer unas conexiones que, a priori, se presentan demasiado forzadas. Polsky se esmera por dinamizar el documental, realizando una apuesta clara por el mero entretenimiento para acabar cayendo precisamente en la trampa de lo que critica. A medida que avanza el filme comienza a flotar en el ambiente una sensación de manipulación al espectador que recuerda al estilo de Michael Moore de los primeros años 2000. Sensación que se focaliza en la  obsesión por mostrar, de manera extremadamente forzada, a Fetisov (el referente del equipo) como un prototipo de héroe (sería más correcto decir antihéroe) tan de moda en las producciones americanas de la última década. Irreverente, maniático, con glamour y un punto cool, que el director se encarga de enfatizar en sus entrevistas mediante un arsenal desplantes, gestos o chulerías varias que adquieren excesivo protagonismo, dando la sensación de agotamiento de ideas y ausencia de recursos narrativos.
Las declaraciones, igualmente forzadas, de sus compañeros de equipo pretenden ir en la misma línea, esbozando una supuesta trama paralela en la que se dan cabida los giros de guión y golpes de efecto que acaban por resultar monótonos y relativamente predecibles. Es el riesgo de intentar contentar a todo el mundo.

martes, 10 de febrero de 2015

Tusk (ídem, Kevin Smith, 2014)


S.O.S. en código morsa
by Daniel Reigosa


Kevin Smith irrumpió a medidos de los 90 con su cine irreverente y nihilista en el panorama cinematográfico internacional gracias a la denominada “Trilogía de New Jersey”, compuesta por las películas: Clerks (ídem, 1994), Mallrats (ídem, 1995) y Persiguiendo a Amy (Chasing Amy, 1997). Sus largometrajes suponían una oda al absurdo y la frugalidad de la vida con multitud de referencias cinéfilas y guiños a la subcultura nerd. Diálogos banales a la par que elocuentes y buenas dosis de humor inteligente encumbraron a Kevin Smith como un valioso activo del entonces emergente cine independiente americano. Pero, tras la inspirada Dogma (ídem, 1999), no son pocas las ocasiones en que su calidad se ha puesto en entredicho.
En Tusk, Kevin Smith pretende continuar la senda iniciada con la seminal Red State (ídem, 2011), cuando decidió dar un golpe de timón a su cine orientándolo hacia un terreno en el que abundan la crítica social, una reflexión sobre el ser humano y dosis de su personalísimo humor en un marco que correspondería tradicionalmente al género del thriller. En Tusk, que supone el primer relato de un tríptico (“Trílogía del Verdadero Norte” basado en la mitología canadiense, y que continuará con Yoga Hossers), la acción se inicia con la visita a Canadá de Wallace Bryton (Justin Long) un conocido podcaster (actualizando así su discurso desde la cultura del VHS a la de internet) para entrevistarse con The Kill Bill Kid, protagonista de la sensación viral del momento. Tras no conseguir su preciada entrevista decide no dar por perdido el viaje y acaba en la mansión de Howard Howe (Michael Parks), un misántropo ex-marinero que presenta una extravagante monomanía por las morsas.
La película plantea diversos dilemas morales y parece deambular por la delgada línea que separa las acciones que podrían justificarse mediante una suerte de karma, de la paranoia propia de un demente. En el interior de Tusk hay un conjunto de geniales ideas y una buena película de terror, pero ésta sólo aguanta lo que dura el segundo acto. El empeño de Kevin Smith por alargar el filme se hace evidente en los innecesarios flashbacks de Howe y en el intrascendente personaje de Guy Lapointe (un pintoresco detective protagonizado por Johnny Depp) que copa inmerecida atención en el tramo final de la película.

El problema de Tusk es que parece querer abarcar un relato archinarrado -como demuestran los casos recientes de, especialmente, The Human Centípede (ídem, Tom Six, 2009) o, de un modo más distante, La piel que habito (Pedro Almodóvar, 2011)-, desde un punto de vista único y con ciertas pretensiones pseudointelectuales, pero la osadía se queda en un filme absolutamente vacío, una broma de mal gusto (por mucho que intente solucionarlo tras los créditos finales) de un director que reclama una atención perdida.